La Reina Margot
La Reina Margot Al oír esta peroración de Coconnas, que se había plantado ante la reina como Eneas bajando a los infiernos, Margarita no pudo reprimir una carcajada y, aunque guardó el silencio que correspondía en tal ocasión a una sombra real, tendió la mano a Coconnas.
Este la tomó delicadamente entre las suyas llamando a La Mole:
—¡Sombra de mi amigo! —exclamó—, ven aquí en seguida.
La Mole, estupefacto y tembloroso, obedeció.
—Está bien —dijo Coconnas cogiéndole por la nuca—. Ahora acercad el aliento de vuestro hermoso rostro moreno a la blanca y delicada mano que veis aquí.
Y Coconnas, uniendo el gesto a la palabra, unió aquella delicada mano con la boca de La Mole, reteniéndolas por un instante respetuosamente apoyadas una sobre la otra, sin que la mano tratara de escapar a la dulce presión.
Margarita no había dejado de sonreír, pero la señora de Nevers no sonreía, se hallaba todavía impresionada por la repentina aparición de los dos gentiles hombres. Sentía aumentar su malestar con la fiebre de unos nacientes celos, pues pensaba que Coconnas no debía olvidar así sus propios asuntos por ocuparse de los que concernían a los demás.