La Reina Margot

La Reina Margot

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Los ojos de Enriqueta se apartaron entonces de La Mole, a quien acababa de escuchar, y se dirigieron a Coconnas para ver si la expresión del rostro del caballero estaba de acuerdo con la oración amorosa de su amigo. Debió de quedar satisfecha del examen, puesto que, ruborosa, palpitante y vencida, le preguntó con una sonrisa que descubría una doble hilera de perlas engarzadas en coral:

—¿Es verdad?

—¡Voto al diablo! —exclamó Coconnas fascinado por aquella mirada y ardiendo en el mismo fuego—. ¡Es verdad!… Sí, señora, es verdad por vuestra vida y por mi muerte.

—Entonces, venid —dijo Enriqueta, tendiéndole la mano con un abandono que se reflejaba en la languidez de su mirada.

Coconnas tiró al aire su gorro de terciopelo y de un salto se aproximó a la dama, mientras que La Mole, obedeciendo a una seña de Margarita, realizaba como su amigo un intercambio amoroso.

Renato apareció en este momento por la puerta del fondo.

—¡Silencio! —exclamó en un tono que apagó la llama del entusiasmo—. ¡Silencio!

Se oyó en el espesor del muro el roce de una llave rechinando en la cerradura y el ruido de una puerta al girar sobre sus goznes.


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