La Reina Margot
La Reina Margot —Porque podrÃais leer los libros sagrados que escribieron los hebreos sobre los sacrificios. Me he hecho traducir uno y he sabido que, a diferencia de los romanos, los hebreos no buscaban los presagios en el corazón o en el hÃgado, sino en la disposición del cerebro, donde leen las letras que han sido trazadas por la mano omnipotente del destino.
—SÃ, señora, eso mismo le oà decir a un viejo rabino amigo mÃo.
—Hay —dijo Catalina— caracteres construidos de tal modo que abren todo un camino a las profecÃas que sólo los sabios caldeos recomiendan…
—¿Qué es lo que recomiendan? —preguntó Renato viendo que la reina vacilaba.
—Que el experimento se realice con cerebros humanos, porque están más de acuerdo con la voluntad de quien los consulta.
—¡Ah, pero Vuestra Majestad sabe que eso es imposible!
—Por lo menos es difÃcil. ¡Si lo hubiéramos sabido la noche de San Bartolomé!… ¡Ay, Renato, qué buena cosecha! En fin… lo haremos con el primer condenado a muerte que se ofrezca. Mientras tanto, no salgamos del cÃrculo de lo posible. ¿Está preparado el altar de los sacrificios?
—SÃ, señora.
—Pasemos entonces.