La Reina Margot

La Reina Margot

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Renato encendió una lamparilla en la que se consumían extrañas materias cuyo olor, tan pronto sutil y penetrante como nauseabundo y espeso, revelaba la presencia de muchas materias. Pasó primero a la celda alumbrando a Catalina.

La reina eligió entre todos los instrumentos de sacrificio un cuchillo de azulado acero, mientras Renato iba a buscar una de las gallinas que movían desde el rincón sus inquietos ojos dorados.

—¿Cómo procederemos?

—Interrogaremos al hígado de una y al cerebro de la otra. Si los dos experimentos nos dan el mismo resultado habrá que tenerlo por cierto, sobre todo si coincide con los precedentes:

—¿Cuál experiencia hacemos primero?

—La del hígado.

—Está bien —dijo Renato.

Y dicho esto puso una de las gallinas cabeza abajo sobre el pequeño altar, atándola a dos argollas que había en los extremos, de suerte que el animal no podía, aunque se debatiera, cambiar de sitio.

Catalina le abrió el pecho de un solo tajo.

La gallina dio tres gritos y expiró después de agitarse durante largo rato.

—¡Siempre los tres gritos! —murmuró Catalina—. ¡Las tres señales de muerte!

Y abriéndole el cuerpo:


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