La Reina Margot

La Reina Margot

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Catalina acompañó estas palabras con un suspiro que hizo temblar a Renato, quien se acordó de los famosos guantes que por orden de la reina madre había perfumado para la reina de Navarra.

—¿Sigue visitándola? —preguntó Renato.

—Sí, todos los días —respondió Catalina.

—Creí que el rey de Navarra pertenecía por entero a su esposa.

—Farsa, Renato, pura farsa. No sé por qué todo se confabula contra mí. Hasta mi hija Margarita se declara enemiga mía; quizá desee también la muerte de sus hermanos; a lo mejor espera ser reina de Francia.

—¡Quién sabe! —dijo Renato volviendo a sus meditaciones y haciéndose eco de la terrible duda de Catalina.

—¡En fin, ya veremos! —dijo la reina.

Y se encaminó hacia la puerta del fondo, juzgando sin duda inútil bajar por la escalera secreta, puesto que estaba segura de no ser vista.

Renato la precedió y pocos segundos después ambos se hallaron en la tienda del perfumista.

—Me prometiste nuevos cosméticos para mis manos y mis labios —dijo ella—. Ya viene el invierno y ya sabes que tengo el cutis muy sensible al frío.

—Me ocupé de ellos, señora. Mañana os los enviaré.


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