La Reina Margot
La Reina Margot —Mañana por la noche no me encontrarás antes de las nueve o las diez. Me pasaré el dÃa rezando.
—Está bien, señora. Iré al Louvre a las nueve.
—La señora de Sauve tiene bellas manos y hermosos labios —dijo Catalina con un tono indiferente—. ¿Qué crema usa?
—¿Para las manos?
—SÃ.
—Crema de heliotropo.
—¿Y para los labios?
—Para los labios, una nueva pasta que he inventado y de la que pensaba llevar a Vuestra Majestad una caja al mismo tiempo que a ella.
La reina se quedó un momento pensativa.
—En resumidas cuentas, es una hermosa criatura —dijo como si siguiera el hilo de sus secretas meditaciones— y no tiene nada de extraño que el bearnés la adore.
—Y, sobre todo, es muy fiel a Vuestra Majestad, según creo —agregó Renato.
Catalina sonrió encogiéndose de hombros.
—Cuando una mujer ama de veras —dijo— no le es fiel a nadie más que a su amante. ¿Le has dado algún filtro, Renato?
—Os juro que no, señora.