La Reina Margot

La Reina Margot

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—Perfectamente, no hablemos más de esto. Enséñame la nueva pasta de que me hablabas y que hace los labios más frescos y sonrosados.

Renato se acercó a un armario y mostró a Catalina seis cajitas de plata redondas a iguales que estaban colocadas en fila.

—He aquí el único filtro que me ha pedido —dijo Renato—. Es cierto, como ya le dije a Vuestra Majestad, que lo he preparado especialmente para ella porque tiene los labios tan finos y delicados que el sol y el viento los cortan por igual.

Catalina abrió una de las cajas y vio que contenía una pasta de carmín de lo más seductora…

—Renato, dame la crema para las manos; la llevaré yo misma.

El perfumista se alejó con la lamparilla y fue a buscar en un anaquel especial lo que le pedía la reina. Sin embargo, volvió lo bastante pronto como para ver que Catalina, con brusco ademán, había cogido una cajita y la ocultaba debajo de su capa. Estaba demasiado acostumbrado a estas sustracciones de la reina para cometer la torpeza de demostrar que las notaba. Envolviendo, pues, el cosmético pedido en una bolsita de papel flordelisado:

—Aquí está, señora —dijo.

—Gracias, Renato —respondió Catalina.

Después de una pausa agregó:


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