La Reina Margot

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—¿Por qué, Renato? —preguntó la señora de Sauve con esa condescendencia que tienen siempre las mujeres hermosas para con esa multitud de proveedores que las rodean y contribuyen a hacerlas más bellas.

—Porque hace tanto tiempo que prometo trabajar para esos lindos labios, y…

—Y no habéis cumplido vuestra promesa hasta hoy, ¿no es cierto? —preguntó Carlota.

—¿Hasta hoy? —repitió Renato.

—Sí, acabo de recibir la cajita que me habéis enviado.

—¡Ah! En efecto —dijo Renato mirando con extraña expresión la cajita de pasta que estaba en el tocador de la señora de Sauve y que era exactamente igual a las que tenía en su tienda—. Me lo suponía —murmuró—. ¿Y ya la habéis usado?

—Todavía no, pensaba probarla cuando habéis entrado.

El rostro del florentino reflejó una profunda preocupación, gesto que no pasó inadvertido para Enrique, a quien, por otra parte, raro era que algo se le escapase.

—Decidme, Renato, ¿qué os pasa? —preguntó el rey.

—¿A mí? Nada, Sire —dijo el perfumista—. Espero humildemente a que Vuestra Majestad me dirija la palabra antes de despedirme de la señora baronesa.


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