La Reina Margot

La Reina Margot

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—¡Vamos! —dijo Enrique—. ¿Necesitáis acaso oír mis palabras para saber que siempre me es grata vuestra presencia?

Renato miró a su alrededor, dio una vuelta por la alcoba como para sondear con la vista y el oído las puertas y tapices, y parándose de modo que abarcaba con la misma mirada a la señora de Sauve y a Enrique, dijo:

—No lo sé.

Advertido Enrique, gracias a aquel instinto admirable que como un sexto sentido le guio en la primera parte de su vida a través de los peligros que le rodeaban, de que alguna cosa extraña sucedía en aquel momento, parecida a una lucha en el espíritu del perfumista, se volvió hacia él desde la sombra en que se hallaba, mientras el rostro del perfumista florentino permanecía iluminado.

—¿Vos por aquí a estas horas, Renato? —le preguntó.

—¿Tendré la desdicha de molestar a Vuestra Majestad? —respondió el perfumista dando un paso atrás.

—No, sólo deseo saber una cosa.

—¿Cuál, señor?

—Si pensabais encontrarme aquí.

—Estaba seguro de ello.

—¿Me buscabais acaso?

—Por lo menos me alegro de haberos encontrado.


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