La Reina Margot
La Reina Margot —¿Teníais algo que decirme? —insistió Enrique.
—Es posible, Sire —respondió Renato.
Carlota se ruborizó porque temía que la revelación que el perfumista pensaba hacer se refiriese a su conducta pasada respecto a Enrique. Hizo, pues, como si absorbida por su tocado nada hubiese oído, e interrumpiendo la conversación, exclamó mientras abría la cajita de carmín:
—Verdaderamente, Renato, sois un hombre encantador; esta crema tiene un color maravilloso, y ya que estáis aquí os voy a honrar probando en vuestra presencia el nuevo invento.
Cogió la caja con una mano mientras con la otra untó la punta del dedo en la rosada pasta que debía llevar a sus labios.
Renato se estremeció.
La baronesa aproximó sonriendo el dedo a la boca.
Renato empalideció.
Enrique, siempre en la oscuridad, pero con los ojos fijos y ardientes, no perdía el menor movimiento de ella ni el menor gesto del perfumista.
La mano de Carlota estaba a punto de tocar sus labios, cuando Renato la detuvo en el mismo momento en que Enrique se levantaba para hacer lo mismo.
El rey volvió a sentarse en el sofá sin hacer ruido.