La Reina Margot

La Reina Margot

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—Un momento, señora —dijo Renato con forzada sonrisa—. Es preciso tomar algunas precauciones especiales para usar esta crema.

—¿Y quién me las indicará?

—Yo.

—¿Cuándo?

—En cuanto haya terminado de decir algo a Su Majestad el rey de Navarra.

Carlota abrió sorprendida sus ojos sin comprender el misterioso lenguaje que se hablaba a su lado. Se quedó con la cajita de crema en una mano y contemplando la punta de su dedo enrojecido por la pasta de carmín.

Enrique se levantó y, movido por un pensamiento que, como todos los del joven rey, tenía dos aspectos, uno aparentemente superficial y otro profundo, fue a coger la mano manchada de rojo de Carlota a hizo ademán de llevarla a sus labios.

—¡Un instante! —dijo vivamente Renato—. Un instante. Haced el favor, señora, de lavar vuestras bellas manos con este jabón de Nápoles que me olvidé enviar al mismo tiempo que la pasta y que yo mismo he tenido el honor de traeros.

Y sacando de su envoltura plateada una pastilla verdosa de jabón la puso en una palangana de metal, vertió agua y, rodilla en tierra, se la ofreció a la señora de Sauve.


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