La Reina Margot
La Reina Margot —¡Vaya! ¡Por Dios! —exclamó Enrique, reprimiendo los viejos latidos de su corazón—. ¿Acaso no lo soy ya?
—Sire, mi amigo sabe lo que se dice; no sólo seréis rey, sino que reinaréis.
—Entonces —siguió Enrique con su mismo tono burlón— vuestro amigo necesita diez escudos de oro, ¿no es cierto?; puesto que semejante profecÃa es bastante ambiciosa, sobre todo en estos tiempos. Pero como no soy rico, le daré a vuestro amigo cinco ahora y el resto cuando la profecÃa se haya cumplido.
—Sire —dijo la señora de Sauve—, no os olvidéis de que os comprometisteis con Dariole y no hagáis demasiadas promesas.
—Señora —contestó Enrique—, espero que cuando llegue el momento me tratarán como rey y todos estarán muy satisfechos si cumplo solamente la mitad de lo que he prometido.
—Continúo, señor —dijo Renato.
—¿Cómo? ¿Aún queda algo? Bueno, si soy emperador, daré el doble.
—Sire, mi amigo vino de Florencia con el horóscopo, que repetido en ParÃs volvió a dar el mismo resultado, y me confió un secreto.
—¿Un secreto que interesa a Su Majestad? —preguntó ansiosamente Carlota.
—Yo asà lo creo —dijo el florentino.