La Reina Margot

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«Busca las palabras —pensó Enrique sin ayudar a Renato a salir del apuro—, parece que el asunto es difícil de decir».

—Hablad entonces —dijo la señora de Sauve—. ¿De qué se trata?

—Se trata —respondió el florentino, pesando una a una sus palabras— de todos esos rumores de envenenamiento que circulan hace tiempo por la corte.

Una leve dilatación de la nariz de Enrique fue el único indicio de su creciente atención ante el inesperado giro que tomaba la conversación.

—¿Y vuestro amigo el florentino —preguntó el rey— sabe algo acerca de esos envenenamientos?

—Sí, señor.

—¿Y cómo me confiáis un secreto que no os pertenece, sobre todo cuando es un secreto tan importante? —dijo Enrique en el tono más natural que pudo.

—Ese amigo tiene que pedir un consejo a Vuestra Majestad.

—¿A mí?

—¿Qué tiene eso de extraño, Sire? Recordad a aquel viejo soldado de Actio que, para resolver un pleito, pidió consejo a Augusto.

—Augusto era abogado, Renato, y yo no lo soy.

—Sire, cuando me confió mi amigo ese secreto, Vuestra Majestad era todavía el jefe del partido calvinista y el señor de Condé el segundo jefe.


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