La Reina Margot
La Reina Margot —No me interrumpáis. ¡Oh, mi Margarita querida! Pues agregan tales rumores que conserváis en cajas de oro los corazones de esos fieles amigos[25] y que a menudo tenĂ©is para tan tristes restos un recuerdo melancĂłlico y una mirada piadosa. Suspiráis, reina mĂa, vuestros ojos se empañan, luego es verdad. Pues bien, haced de mĂ el más amado y dichoso de vuestros favoritos. HabĂ©is traspasado los corazones de los demás para guardarlos. ¡Conmigo hacĂ©is más, exponĂ©is mi cabeza…! Margarita, juradme ante la imagen del Dios que aquĂ mismo me salvĂł la vida que, si muero por vos, tal como me lo anuncia un sombrĂo presentimiento, conservarĂ©is esta cabeza, que el verdugo habrá separado del tronco, para apoyar en ella de vez en cuando vuestros labios. Jurad, Margarita, y la promesa de tal recompensa hecha por mi reina me volverá mudo, traidor y hasta cobarde si es menester; es decir, enteramente fiel, como debe ser vuestro amante y vuestro cĂłmplice.
—¡Oh, quĂ© lĂşgubre locura, alma mĂa! —dijo Margarita—. ¡QuĂ© fatal pensamiento, amor mĂo!
—Jurad…
—¿Queréis que jure?
—SĂ, por la cruz que está labrada en este cofre de plata. Jurad.