La Reina Margot
La Reina Margot —Pues bien —dijo Margarita—, si vuestros sombrÃos presentimientos se realizaran, ¡y no lo permita Dios!, os juro por esta cruz, amor mÃo, que vivo o muerto estaréis cerca de mà mientras yo viva, y si no puedo salvaros del peligro a que por mà os exponéis, sólo por mÃ, ya lo sé, daré al menos a vuestra pobre alma el consuelo que me pedÃs y que os habréis ganado.
—Una palabra todavÃa, Margarita. Ahora puedo morir, estoy tranquilo por lo que respecta a mi muerte; pero también puedo salvarme y tal vez triunfemos; puede el rey de Navarra llegar a ser rey y vos podéis ser reina; en tal caso el rey os llevará consigo; el voto de separación que habéis hecho con él quizá se rompa algún dÃa, y entonces, ¿qué será de nuestra promesa de estar juntos? Margarita, mi adorada Margarita, amada mÃa, con una sola palabra me habéis tranquilizado en lo que concierne a mi muerte; tranquilizadme ahora en lo que se refiere a mi vida.
—¡Oh! Nada temas. ¡Tuya soy en cuerpo y alma! —exclamó Margarita extendiendo de nuevo la mano sobre la cruz del cofrecillo—. Si me voy de aquÃ, tú me seguirás, y si el rey se niega a llevarte, me quedaré.
—¡Pero no osaréis resistir!