La Reina Margot
La Reina Margot —Mi amado Hyacinte —dijo Margarita—, no conoces a Enrique; en estos momentos no piensa en otra cosa que en ser rey; por satisfacer este deseo sacrificarÃa cuanto tiene y con más razón lo que no es suyo. Adiós.
—¿Me echáis, señora? —preguntó sonriendo La Mole.
—Es tarde —dijo Margarita.
—Sin duda, pero ¿dónde queréis que vaya? De Mouy está en mi cuarto con el duque de Alençon.
—¡Ah! Es cierto —dijo Margarita con una admirable sonrisa—. Además, tengo muchas cosas que deciros aún a propósito de esta conspiración.
A partir de aquella noche, La Mole dejó de ser un favorito vulgar y pudo llevar erguida aquella cabeza a la cual, viva o muerta, estaba reservado un dulce porvenir.
Sin embargo, a veces, su frente se inclinaba hacia el suelo, sus mejillas palidecÃan y la profunda meditación cavaba un surco entre las cejas del joven La Mole, ¡tan alegre antes, tan feliz ahora!