La Reina Margot
La Reina Margot Guillonne salió. Enrique se sentó ante una mesa sobre la cual había un libro alemán con grabados de Alberto Durero y se puso a mirarlos con tanta atención que, cuando entró La Mole, pareció no oírle y ni siquiera levantó la cabeza.
Por su parte, el joven, al ver al rey en la habitación de Margarita, se quedó en el umbral de la puerta mudo de sorpresa y pálido de angustia.
Margarita fue a su encuentro.
—Señor de La Mole —dijo—, ¿podríais decirme quién está hoy de guardia en el departamento del duque de Alençon?
—Coconnas, señora —dijo La Mole.
—Tratad de averiguar si ha introducido en el aposento de su señor a un hombre cubierto de barro que parecía haber hecho un largo viaje a galope tendido.
—¡Ah, señora! Temo que no me lo diga; hace algunos días que está muy taciturno.
—Sin embargo, me parece que si le dais esta carta os dará algo a cambio.
—¡De la duquesa!… ¡Oh! Con esta carta probaré a ver.
—Decidle también —añadió Margarita bajando la voz— que esta carta le servirá de salvoconducto para entrar esta noche en la casa que ya sabéis.
—¿Y cuál será el mío, señora? —dijo muy quedamente La Mole.