La Reina Margot

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Capítulo XXIX

CUANDO al día siguiente se levantó por detrás de las colinas de París un sol hermoso y rojizo que no quemaba, como es el de las mañanas privilegiadas del invierno, hacía ya dos horas que todo estaba en movimiento en el patio del Louvre.

Un magnífico caballo árabe, tan nervioso como esbelto, de patas de ciervo en las que resaltaban las venas formando una red, esperaba en el patio, golpeando el suelo con los cascos, enderezando las orejas y echando fuego por las narices, a Carlos IX; pero su impaciencia, con todo; era menor que la de su amo, detenido al pasar por Catalina, que le había llamado para hablarle, según le dijo, de un asunto importante.

Ambos estaban en la galería de cristales: Catalina, fría, pálida e impasible como siempre; Carlos IX, trémulo, royéndose las uñas y castigando con la fusta a sus dos perros favoritos, que se hallaban protegidos con cotas de malla para que el hocico del jabalí no pudiera hacer presa y estar así en condiciones de afrontar impunemente al terrible animal. Lucían colgando de su pecho un pequeño escudo con las armas de Francia, muy parecido al que llevaban los pajes, quienes más de una vez envidiaron los privilegios de que gozaban aquellos afortunados y caninos favoritos.


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