La Reina Margot
La Reina Margot —Prestad atención, Carlos —decÃa Catalina—. Nadie más que nosotros dos conoce aún la próxima llegada de los polacos. Sin embargo, ¡Dios me perdone!, el rey de Navarra obra como si lo supiese. A pesar de su abjuración, de la que siempre desconfié, sospecho que está en relaciones con los hugonotes. ¿Habéis notado lo muy a menudo que sale últimamente? Tiene dinero, él, que jamás lo tuvo; compra caballos y armas y los dÃas de lluvia practica la esgrima de la mañana a la noche.
—¡Por Dios, madre mÃa! —dijo Carlos, impacientándose—. ¿Creéis que tiene intenciones de matarme o de matar a mi hermano el duque de Anjou? En tal caso, tendrá que recibir todavÃa varias lecciones, pues ayer le he contado once ojales en su jubón, que no tiene más que seis botones. En cuanto a mi hermano, ya sabéis que tira mejor que yo o por lo menos igual.
—Escuchad, Carlos —prosiguió Catalina—, y no tratéis a la ligera las cosas que os dice vuestra madre. Los embajadores van a llegar; pues bien, ya veréis: una vez que estén aquÃ, Enrique hará todo lo posible por atraérselos. Es insinuante y ladino; sin contar con que su mujer, que le ayuda en todo no sé por qué, conversará con ellos en latÃn, griego, húngaro, ¡qué sé yo! Os advierto, Carlos, y ya sabéis que jamás me equivoco, que algo se prepara.