La Reina Margot

La Reina Margot

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En aquel momento se oían las campanadas de un reloj y Carlos dejó de escuchar a su madre para contarlas.

—¡Por mi vida! ¡Si son las siete ya! —exclamó—. Una hora para ir y serán las ocho; otra para llegar al lugar donde esté acorralado el jabalí y no podremos iniciar la caza antes de las nueve. Verdaderamente, madre mía, me estáis haciendo perder demasiado tiempo. ¡Vamos, Risquetout!… ¡Por mi vida! ¡Ven acá, bribón!

Y un violento latigazo cruzó sobre el lomo del dogo. El pobre animal, sorprendido al recibir un castigo en vez de una caricia, lanzó un gemido de dolor.

—Carlos —continuó Catalina—, escuchadme por Dios y no dejéis así al azar la suerte vuestra y la de Francia. La caza, la caza, la caza, decís… ¡Ya tendréis tiempo de cazar cuando hayáis cumplido vuestra misión de soberano!

—Vamos, vamos, madre —dijo Carlos pálido de impaciencia—, explicaos pronto porque me estoy poniendo nervioso. La verdad es que hay días en que no os entiendo.

Y se puso a golpearse la bota con el puño del látigo.

Catalina juzgó que había llegado el momento oportuno y que no debía desaprovecharlo.


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