La Reina Margot

La Reina Margot

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—Hijo mío —dijo—, tenemos pruebas de que De Mouy ha vuelto a París. El señor de Maurevel, a quien conocéis perfectamente, le ha visto. El culpable de que esté aquí no puede ser más que el rey de Navarra, lo cual, según creo, es suficiente para que nos resulte más sospechoso que nunca.

—¡Vamos, otra vez acusando a mi pobre Enriquito! Queréis que me lo maten, ¿no es eso?

—¡Oh, no!

—¿Desterrarle, entonces? ¿Es que no comprendéis que desterrado será mucho más de temer que lo pueda ser aquí, bajo nuestra mirada, en el Louvre, donde no puede hacer nada sin que lo sepamos inmediatamente?

—No es desterrarle lo que quiero precisamente.

—Entonces, ¿qué queréis? Decídmelo pronto.

—Me gustaría tenerlo en sitio seguro mientras los polacos estén aquí; en La Bastilla, por ejemplo.

—¡Oh! ¡A fe mía que no! —exclamó Carlos IX—. Vamos a la caza del jabalí esta mañana y Enrique es uno de mis mejores acompañantes; sin él, la cacería no resultará bien. ¡Por favor, madre mía, parece que no queréis más que contrariarme!

—¡Hijo querido! No digo que sea hoy mismo… Los embajadores no llegarán hasta mañana o pasado mañana. Hagámosle detener cuando termine la cacería; esta tarde…, esta noche…


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