La Reina Margot
La Reina Margot Incluso el almirante, a pesar de su experiencia, se dejó engañar como los demás y, tan aturdido estaba, que una tarde, durante dos horas, se olvidó de morder su palillo de dientes, ocupación a la que solía dedicarse desde las dos de la tarde, hora en que concluía su almuerzo, hasta las ocho de la noche, en que se sentaba a la mesa para cenar.
La noche en que el almirante, faltando a sus costumbres, cometió tan increíble descuido, el rey Carlos IX había invitado a Enrique de Navarra y al duque de Guisa a una merienda íntima. Terminada la colación, pasó con ellos a su dormitorio, donde comenzó a explicarles el ingenioso mecanismo de un cepo para cazar lobos, que él mismo había inventado, cuando se interrumpió repentinamente:
—¿No viene el señor almirante esta noche? —preguntó—. ¿Quién le ha visto hoy y puede darme nuevas suyas?
—Yo —dijo el rey de Navarra—, y si Vuestra Majestad se interesa por su salud, tranquilícese, porque le he visto esta mañana a las seis y esta tarde a las siete.
—¡Ah, ah! —comentó el rey, cuya mirada, por un momento distraída, se clavó con penetrante curiosidad en su cuñado—. Sois demasiado madrugador, Enrique, para ser un recién casado.