La Reina Margot

La Reina Margot

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—Porque si ocurriera alguna desgracia al príncipe, cosa que es probable, excusarían fácilmente a seis hombres el haber tenido miedo de un prisionero, mientras que nadie perdonaría a doce guardias el no haber dejado matar a la mitad de sus camaradas antes de poner la mano sobre una Majestad.

—¡Valiente Majestad que carece de reino!

—Señora —dijo Maurevel—, no es un reino lo que hace al rey ser rey, sino el nacimiento.

—Está bien, obrad como os plazca —dijo Catalina—. Solamente debo advertiros que no quiero que salgáis del Louvre.

—¿Y cómo haré para reunir a mis hombres?

—¿No tenéis una especie de sargento a quien podáis encomendar esa tarea?

—Tengo a mi lacayo, que no sólo es un muchacho fiel, sino que varias veces me ha ayudado en parecidas empresas.

—Enviad a buscarle y arreglaos con él. Conocéis la sala de armas del rey, ¿verdad? Haré que os sirvan allí el desayuno. El sitio tonificará vuestro ánimo, si es que está quebrantado. Luego, cuando mi hijo regrese de la cacería, pasaréis a mi oratorio, donde esperaréis la hora.

—Pero ¿cómo entraremos en la habitación? El rey debe de tener sospechas y seguramente se encerrará por dentro.


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