La Reina Margot
La Reina Margot —Tengo las llaves de todas las puertas —dijo Catalina— y han quitado los cerrojos a la de Enrique. Adiós, señor de Maurevel, hasta la vista. Haré que os conduzcan a la sala de armas del rey. ¡Ah! A propósito, no olvidéis que lo que un rey manda debe ser ejecutado por encima de todo; que no se admite ninguna excusa y que un fracaso comprometerÃa el honor del rey, lo que es grave.
Catalina, sin darle tiempo de que respondiera, llamó al señor de Nancey, capitán de guardias, y le ordenó que condujera a Maurevel a la sala de armas del rey.
«¡Demonios! —se dijo Maurevel mientras seguÃa a su acompañante—. Me elevo en la jerarquÃa del asesinato; de un simple gentilhombre a un capitán, de un capitán a un almirante; de un almirante a un rey sin corona. ¡Quién sabe si algún dÃa no le llegará el turno a un rey que verdaderamente la tenga!…».