La Reina Margot

La Reina Margot

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La nodriza obedeció y Carlos, como todavía no era hora de llevar a cabo su proyecto, se puso a hacer versos.

En aquella ocupación se le iba el tiempo al rey con mayor rapidez que en ninguna otra.

Cuando creyó que no eran más que las siete, dieron las nueve. Contó las campanadas del reloj y al oír la última se levantó.

—¡Qué me lleven los demonios! —dijo—. Tengo el tiempo justo.

Y, cogiendo su capa y su sombrero, salió por una puerta secreta que había hecho abrir en el zócalo y cuya existencia era ignorada hasta por la misma Catalina.

Carlos se encaminó directamente hacia la habitación de Enrique. El bearnés no había vuelto a su cuarto, al dejar al duque de Alençon, nada más que para cambiarse de traje, y ya no estaba.

—«Habrá ido a cenar con Margarita —se dijo el rey—; me parece que hoy estaban en muy buena armonía».

Y se dirigió a las habitaciones de su hermana.

Margarita había invitado a la duquesa de Nevers, a Coconnas y a La Mole a tomar unos dulces.


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