La Reina Margot
La Reina Margot Carlos llamó a la puerta; Guillonne fue a abrir, pero, al ver al rey, quedóse tan asombrada, que apenas tuvo fuerzas para hacer una reverencia, y en lugar de correr hacia su ama para anunciarle la augusta visita, dejó pasar a Carlos sin dar otra señal que un grito.
El rey atravesó la antecámara y, guiado por las carcajadas, avanzó hasta el comedor.
«Pobre Enriquito —pensó—, se divierte sin sospechar el peligro que le amenaza».
—Soy yo —dijo, levantando el tapiz y mostrando un semblante risueño.
Margarita dio un grito terrible; por amable que pareciera, aquel rostro había producido en ella el efecto de la cabeza de Medusa. Sentada frente a la puerta, acababa de reconocer a Carlos. Los dos hombres daban la espalda al rey.
—¡Majestad! —exclamó con terror. Y se levantó.
Coconnas fue el único que no sintió vacilar su cabeza sobre sus hombros; se levantó como los demás, pero con tal hábil torpeza, que al hacerlo derribó la mesa y con ella vasos, vajilla y candelabros.
Por un instante se hizo una completa oscuridad y hubo un silencio de muerte.
—¡Salgamos por pies! —dijo Coconnas a La Mole—. ¡Pronto! ¡Pronto!