La Reina Margot

La Reina Margot

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Capítulo III

COMO ya se lo hiciera notar el duque a los dos jóvenes, el más profundo silencio reinaba en el Louvre.

Margarita y la señora de Nevers habían ido a la calle Tizon. Coconnas y La Mole siguieron sus huellas. El rey Carlos y Enrique paseaban por la ciudad. El duque de Alençon permanecía en su cuarto en espera de los acontecimientos que le había anunciado la reina madre. Por último, Catalina se había acostado, y la señora de Sauve, sentada a su cabecera, leía ciertos cuentos italianos que le hacían mucha gracia a la buena reina.

Hacía mucho tiempo que Catalina no estaba de tan buen humor. Después de haber cenado con apetito acompañada de sus damas, tras consultar a su médico y de revisar las cuentas del día, había ordenado que se rezara una plegaria por el buen éxito de cierta importante empresa de la que, según dijo, dependía la felicidad de sus hijos. Era costumbre de Catalina y también costumbre en Florencia, la de hacer decir en ciertas circunstancias plegarias y misas cuyo objeto sólo Dios y ella sabían.

Por último, mandó llamar a Renato y eligió varias novedades entre sus papeles perfumados y rico surtido de cosméticos.

—Que vayan a enterarse —dijo Catalina— si mi hija la reina de Navarra está en su habitación, y si es así, que le rueguen que venga a hacerme compañía.


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