La Reina Margot
La Reina Margot —No, no —dijo por fin—, no esperarĂ©. Vos no sabĂ©is lo que es esperar estando rodeado como estoy de fantasmas. Además, estos mozalbetes se están volviendo cada dĂa más insolentes. Esta misma noche, dos jovencitos han osado hacernos frente rebelándose contra nosotros. Si el señor de La Mole es inocente no digo nada, pero no me disgustarĂa saber dĂłnde estaba anoche mientras atacaban a mis guardias en el Louvre y combatĂan contra mĂ en la calle de Cloche-PercĂ©e. Que vayan a buscar al duque de Alençon y despuĂ©s a Enrique; quiero interrogarles por separado. Vos podĂ©is quedaros, madre mĂa.
Catalina se sentĂł. Para un espĂritu fuerte como el suyo, cualquier incidente, hábilmente dirigido por sus poderosas manos, podĂa conducir al fin propuesto, aunque en apariencia pareciera alejarse de Ă©l. De todo choque surge un ruido o un chispazo. El ruido guĂa; la chispa alumbra.
EntrĂł el duque de Alençon; su charla con Enrique le habĂa preparado para la entrevista y se hallaba bastante tranquilo.