La Reina Margot

La Reina Margot

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Sus respuestas fueron terminantes. Como su madre le había dicho que permaneciera en su habitación, ignoraba por completo los sucesos de la noche. Únicamente, y debido a que sus habitaciones daban al mismo corredor que las del rey de Navarra, creyó oír al principio un ruido como el de una puerta que se golpea, luego imprecaciones y, por último, tiros.

Entonces se arriesgó a entreabrir la puerta, viendo cómo huía un hombre de capa encarnada.

Carlos y su madre cambiaron una mirada.

—¿De capa encarnada? —preguntó el rey.

—Sí —respondió Alençon.

—¿Y esa capa encarnada no os hace sospechar de alguien?

Alençon acudió a todas sus fuerzas para mentir con la mayor naturalidad posible.

—A primera vista —dijo— debo confesar a Vuestra Majestad que creí reconocer la capa de uno de mis gentiles hombres.

—¿Y cómo se llama ese gentilhombre?

—El señor de La Mole.

—¿Por qué el señor de La Mole no estaba a vuestro lado, como era su obligación?

—Le había dado permiso —respondió el duque.

—Está bien, retiraos —dijo Carlos.

El duque de Alençon se dirigió a la puerta por donde había entrado.


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