La Reina Margot

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—Por esa no —advirtió Carlos—; por esa otra.

Y le indicó la que comunicaba con el cuarto de su nodriza.

Carlos no quería que Enrique y Francisco se encontraran. Ignoraba que se habían visto un instante antes y que ese instante bastó para que se pusieran de acuerdo.

Cuando hubo salido Alençon, y a una señal de Carlos, entró Enrique.

Enrique no esperó que Carlos le interrogara.

—Señor —dijo—, ha hecho bien Vuestra Majestad en enviarme llamar, pues quería veros para pediros justicia.

Carlos frunció el ceño.

—Sí, justicia —continuó Enrique—. Empiezo por agradecer a Vuestra Majestad que me llevase consigo anoche, pues sé que, gracias a eso, me salvó la vida. ¿Pero qué es lo que he hecho yo para que intentaran asesinarme?

—No se trataba de un asesinato —dijo precipitadamente Catalina—, sino de una orden de arresto.

—Sea —dijo Enrique—. Pero ¿qué crimen cometí para ser arrestado? Si soy culpable, lo mismo lo soy esta mañana que anoche. Decidme cuál es mi crimen, señor.


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