La Reina Margot
La Reina Margot Carlos miró a su madre un tanto perplejo por la contestación que habÃa de dar.
—Hijo mÃo —dijo Catalina—, recibÃs a gentes sospechosas.
—Bien —dijo Enrique—, y esas gentes sospechosas me comprometen, ¿no es cierto, señora?
—SÃ, Enrique.
—¡Nombrádmelas, nombrádmelas!… Decidme quiénes son. Traedlas a mi presencia.
—En efecto —dijo Carlos—, Enrique tiene derecho a pedir una explicación.
—¡Y la pido! —replicó Enrique, quien, sintiendo la superioridad de su posición, querÃa sacar partido de ella—. La pido a mi cuñado Carlos y a vos, Catalina. ¿No me he conducido como buen esposo desde mi casamiento con Margarita? Preguntádselo a ella. ¿No me he portado como buen católico? Preguntádselo a mi confesor. ¿Y como buen pariente? DÃganlo quienes asistieron ayer a la cacerÃa.
—En efecto, Enriquito —afirmó el rey—. ¿Qué quieres? Dicen que conspiras.
—¿Contra quién?
—Contra mÃ.