La Reina Margot

La Reina Margot

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—Señor, si hubiese conspirado contra vos, no habría tenido más que esperar los acontecimientos cuando vuestro caballo, herido en una pata, no se podía levantar, y el jabalí, furioso, embestía a Vuestra Majestad.

—¡Cáspita! ¿Sabéis que tiene razón, madre mía?

—Pero, en fin, ¿quién estaba anoche en vuestro cuarto?

—Señora —contestó Enrique—, en circunstancias en que muy pocos se atreven a responder de sí mismos, no responderé yo de los demás. Abandoné mi habitación a las siete de la noche, a las diez mi hermano Carlos hizo que le acompañara y estuve con él toda la noche. No podía a la vez estar con Su Majestad y saber lo que ocurría en mi cuarto.

—Pero —dijo Catalina—, por eso no es menos cierto que uno de vuestros servidores mató a dos guardias de Su Majestad a hirió al señor de Maurevel.

—¿Uno de mis servidores? ¿Quién era, señora? Nombradle.

—Todo el mundo acusa al señor de La Mole.

—El señor de La Mole no está a mi servicio, señora, sino al servicio del duque de Alençon, a quien, por cierto, fue recomendado por vuestra hija.

—En una palabra —dijo Carlos—, ¿era el señor de La Mole el que estaba en lo alcoba, Enriquito?


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