La Reina Margot

La Reina Margot

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—Era un digno oficial —continuo Carlos IX y, a medida que hablaba, una expresión de crueldad casi feroz se pintaba en su rostro—, que os acogió como a un hijo, os dio albergue, os vistió y alimentó…

Maurevel dejó escapar un suspiro de desesperación.

—Creo que le llamabais vuestro padre —continuo implacablemente el rey— y que una tierna amistad os unía a su hijo, el joven De Mouy.

Maurevel, siempre de rodillas, se inclinaba cada vez más abrumado por las palabras de Carlos IX, quien permanecía de pie, impasible, semejante a una estatua en la que solamente los labios estuviesen dotados de vida.

—A propósito —continuo el rey—, ¿no eran diez mil escudos los que debíais recibir del señor de Guisa si matabais al almirante?

El asesino, consternado, tocaba el suelo con la frente.

—En cuanto al señor De Mouy, vuestro buen padre, tengo entendido que un día lo escoltasteis en un reconocimiento que efectuaba por el lado de Chevreux. Se le cayó el látigo y bajó del caballo para recogerlo. Tan sólo vos estabais con él; desenfundasteis una pistola y mientras se agachaba le disparasteis por la espalda; luego, viéndolo muerto, huisteis en el mismo caballo que él os había regalado. Esta es la historia, según creo.


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