La Reina Margot

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Y como Maurevel permaneciera mudo ante esta acusación, cuyos detalles todos eran ciertos, Carlos IX volvió a silbar con igual justeza y ritmo el mismo aire de caza.

—¿Sabéis que con esto, señor asesino —dijo al cabo de un instante—, me están entrando ganas de haceros colgar?

—¡Por favor, Majestad! —gritó Maurevel.

—El joven De Mouy me lo suplicaba ayer mismo y, en verdad, no supe qué decirle, porque tiene mucha razón.

Maurevel juntó sus manos.

—Tanto más justa sería vuestra condena cuanto que, como vos lo habéis dicho, soy el padre de mi pueblo y que, como os he respondido ahora que estoy reconciliado con los hugonotes, los considero tan hijos míos como a los católicos.

—Sire —dijo Maurevel completamente desarmado—, mi vida está en vuestras manos, haced con ella lo que queráis.

—Sólo os digo que yo no daría ni un céntimo por ella.

—Pero, Sire, ¿no habría algún medio para que se me perdonara mi crimen? —preguntó el asesino.

—No conozco ninguno. Sin embargo, si estuviera en vuestro lugar, cosa que no es así, ¡gracias a Dios!…


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