La Reina Margot
La Reina Margot —¿Si estuvierais en mi lugar…? —murmuró Maurevel, la mirada suspensa de los labios de Carlos IX.
—Creo que saldrÃa del paso.
Maurevel levantó una rodilla y se apoyó con una mano en el suelo, sin dejar de mirar a Carlos para asegurarse de que no se burlaba.
—Quiero mucho, sin duda, al joven De Mouy —continuó el rey—, pero también quiero mucho a mi primo el duque de Guisa, y si él me pidiera la vida de un hombre cuya muerte me implorase el otro, confieso que me hallarÃa en un aprieto. Sin embargo, tanto en buena polÃtica como en buena religión deberÃa complacer a mi primo, pues, por valiente capitán que sea De Mouy no puede comparársele a un prÃncipe de Lorena.
Conforme oÃa estas palabras, Maurevel se iba incorporando lentamente como si volviese a la vida.