La Reina Margot
La Reina Margot —Por lo tanto, lo más importante para vos en la difÃcil situación en que os halláis es ganar la confianza de mi primo, y a este respecto recuerdo una cosa que me contó ayer: «Figuraos, Sire» —me decÃa—, «que todas las mañanas, a eso de las diez, pasa por la calle de Saint Germain d’Auxerre, de vuelta del Louvre, mi enemigo mortal; le veo desde una ventana enrejada de la planta baja que corresponde a la habitación de mi antiguo preceptor el canónigo Pedro Piles, y cada vez ruego al diablo que le hunda en las entrañas de la tierra». Decidme, pues, Maurevel —prosiguió Carlos—, si vos fueseis el diablo o si por un momento ocupaseis su lugar, ¿le desagradarÃa a mi primo el de Guisa?
Maurevel recuperó su infernal sonrisa, y sus labios, pálidos aún de terror, dejaron caer estas palabras:
—¡Pero, Sire, yo no tengo poder para abrir la tierra!
—Sin embargo, si no recuerdo mal, la abristeis para el bravo De Mouy. Me diréis que fue con una pistola… ¿La habéis perdido?…
—Perdonad, Sire —repuso el truhán, ya casi tranquilizado—, pero manejo mejor el arcabuz que la pistola.
—¡Oh! —exclamó Carlos IX—. Poco importa que sea pistola o arcabuz, estoy seguro de que mi primo no hará cuestión por esto.