La Reina Margot
La Reina Margot —Pero —dijo Maurevel— precisarÃa un arma muy segura, porque probablemente tendré que tirar de lejos.
—Tengo diez arcabuces en esta sala —dijo Carlos IX—; con cualquiera de ellos soy capaz de dar a un escudo de oro a cincuenta pasos. ¿Queréis ensayar alguno?
—¡Oh, Sire, con el mayor placer! —exclamó Maurevel, aproximándose a un rincón donde se hallaba el arcabuz que aquel mismo dÃa habÃan entregado a Carlos IX.
—No, ese no —dijo el rey—. Lo reservo para mÃ. Uno de estos dÃas tendré una importante partida de caza donde espero que me sea útil. Todos los demás están a vuestra disposición.
Maurevel descolgó un arcabuz de una panoplia.
—¿Y quién será la vÃctima, si puede saberse? —preguntó el asesino.
—¿Acaso lo sé yo? —respondió Carlos IX, aplastando al miserable bajo una desdeñosa mirada.
—Se lo preguntaré entonces al señor de Guisa —balbuceó Maurevel.
El rey se limitó a encogerse de hombros.
—Más vale que no preguntéis nada. El señor de Guisa no os responderá. ¿Por ventura se contestan esa clase de preguntas? Corresponde a aquellos que no quieren ser ahorcados adivinarlo.