La Reina Margot
La Reina Margot —Pero, en fin, ¿cómo podré reconocer a la vÃctima?
—Ya os dije que todas las mañanas, a eso de las diez, pasa por delante de la ventana del canónigo.
—¡Pasarán tantos frente a esa ventana! DÃgnese Vuestra Majestad indicarme siquiera alguna señal.
—¡Oh! Es muy fácil. Mañana, por ejemplo, llevará bajo el brazo una cartera de cuero rojo.
—Basta con eso, Sire.
—¿Conserváis aún aquel caballo tan ligero que os regaló el señor De Mouy?
—Tengo uno, árabe, de los más veloces.
—No creáis que os compadezco: sin embargo, os convendrá saber que el claustro tiene una puerta trasera.
—Gracias, Sire. Ahora rogad a Dios por mÃ.
—¡Qué os lleven los demonios! Y encomendaos a ellos, porque sólo con su protección podréis evitar la horca.
—Adiós, Sire.
—Adiós. Y a propósito, señor de Maurevel, quiero que sepáis que si por cualquier motivo se oye hablar de vos mañana antes de las diez o si no se oye hablar después de esa hora, hay una mazmorra en el Louvre.
Y Carlos IX se puso a silbar tranquilamente, y con mejor entonación que nunca, su canción favorita.