La Reina Margot
La Reina Margot
ESDE su regreso a París, Enrique de Anjou no había visto aún con libertad a su madre la reina Catalina, de quien, como todo el mundo sabía, era el hijo predilecto.
Para él no suponía el verla un vano cumplimiento de la etiqueta palaciega ni una ceremonia penosa de soportar, sino un deber muy grato; mucho más en un hijo como Enrique, que, aunque no quería a su madre, estaba seguro al menos de que su madre le amaba tiernamente.
En efecto, Catalina prefería sobre todos a este hijo, sea por su valor o por su belleza, sea porque, además de la madre, existía en ella la mujer, sea, en fin, porque, según ciertos rumores escandalosos, Enrique de Anjou recordaba a la florentina una época feliz de misteriosos amores.
Ella únicamente conocía el regreso del duque de Anjou a París, regreso que Carlos IX hubiese ignorado si el azar no le hubiera conducido hasta la puerta del palacio de Condé en el preciso momento en que su hermano salía. Carlos no le esperaba hasta el día siguiente y Enrique de Anjou esperaba ocultarle los dos motivos que adelantaron su llegada, que no eran otros que su visita a la hermosa María de Cleves, princesa de Condé, y su conferencia con los embajadores polacos.
