La Reina Margot

La Reina Margot

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Precisamente sobre esta última entrevista, cuyo objeto ignoraba Carlos, quería hablar con su madre el duque de Anjou. Y el lector, que seguramente está tan equivocado sobre sus motivos como Enrique de Navarra, aprovechará la explicación.

Cuando el duque de Anjou, tanto tiempo esperado, entró en la habitación de su madre, Catalina, tan fría e impasible habitualmente, que desde la partida de su hijo amado no había abrazado efusivamente más que a Coligny, quien debía ser asesinado al día siguiente, abrió los brazos al hijo de su amor y le oprimió contra su pecho con un impulso de ternura maternal increíble en aquel corazón de piedra.

Se alejaba de él unos pocos pasos, le contemplaba y volvía a abrazarle.

—¡Ah, señora! —dijo el recién llegado—. Puesto que el Cielo me otorga la satisfacción de abrazaros sin testigos, consolad, madre mía, al hombre más desdichado del mundo.

—¡Dios mío, hijo de mi alma! —exclamó Catalina—. ¿Qué os ha sucedido?

—Nada que no sepáis. Estoy enamorado y soy correspondido, pero este mismo amor es el culpable de mi desgracia.

—Explicadme eso, hijo —dijo Catalina.

—Pues bien… Esos embajadores, ese viaje…


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