La Reina Margot
La Reina Margot —Sà —dijo Catalina—, los embajadores han llegado y el viaje apremia.
—No apremia, madre mÃa, pero mi hermano hará que asà sea. Me detesta; yo le hago sombra y quiere verse libre de mÃ.
Sonrió Catalina.
—¡Dándoos un trono, pobre y desdichado soberano!
—No importa —replicó Enrique con angustia—, no quiero irme. Yo, un prÃncipe de Francia, educado en el refinamiento de las costumbres de la corte, junto a la madre más cariñosa, y amado por una de las mujeres más encantadoras de la tierra, ¿voy a irme allÃ, entre las nieves, al otro extremo del mundo, a morir lentamente entre aquella gente grosera que se pasa el dÃa embriagada y juzga la capacidad de su rey como la de un tonel, por lo que contiene? ¡No, madre, no quiero irme, me morirÃa!
—Veamos, Enrique —dijo Catalina cogiendo las dos manos de su hijo—, ¿es esa la verdadera causa?
Enrique bajó los ojos como si no osara revelar ni a su misma madre lo que encerraba su corazón.
—¿No hay otra —preguntó Catalina— menos romántica, más razonable y más polÃtica?