La Reina Margot
La Reina Margot —Yo no tengo la culpa de que esta idea ocupe en mi alma mayor espacio del que debiera ocupar, pero ¿no me dijisteis vos misma que el horóscopo hecho al nacer mi hermano Carlos le condenaba a morir joven?
—Sà —dijo Catalina—, pero un horóscopo puede equivocarse, hijo mÃo. Hasta me inclino a creer en estos momentos que todos los horóscopos mienten.
—Pero, en fin, el horóscopo decÃa eso, ¿no?
—Su horóscopo hablaba de un cuarto de siglo, pero no especificaba si se trataba de su vida o se trataba de su reinado.
—Haced que me quede, señora. Mi hermano tiene casi veinticuatro años; dentro de un año la cuestión se habrá resuelto.
Catalina reflexionó profundamente.
—SÃ, es cierto, serÃa mucho mejor que ocurriera asÃ.
—¡Oh! Juzgad, madre mÃa —exclamó Enrique—, cuál serÃa mi desesperación al ver que habÃa cambiado la corona de Francia por la de Polonia. Me atormentarÃa constantemente la idea de que podÃa haber reinado en el Louvre en medio de esta corte elegante y culta, al lado de la mejor madre del mundo, cuyos consejos me hubieran evitado la mitad del trabajo y las fatigas; pues, acostumbrada a llevar con mi padre una parte de las cargas del Estado, bien podrÃais haberlas llevado conmigo. ¡Ah! ¡Hubiera sido un gran rey!