La Reina Margot

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—Basta, basta, querido —dijo Catalina, quien había puesto siempre sus mejores esperanzas en esta solución—. No os desoléis. ¿No habéis pensado en buscar el medio de arreglar la cuestión?

—¡Oh, ya lo creo! Precisamente por eso vine dos o tres días antes de lo anunciado, haciendo creer a mi hermano Carlos que el motivo era la señora de Condé. Fui al encuentro de Lasco, el más destacado de los embajadores, me di a conocer e hice todo lo posible en esta primera entrevista. Creo haberlo logrado.

—¡Ah, hijo querido! Eso está mal. Es preciso que antepongáis los intereses de Francia a vuestros caprichos.

—¿Le conviene a Francia que, en caso de ocurrir una desgracia a mi hermano, ocupe el trono el duque de Alençon o el rey de Navarra?

—¡El rey de Navarra! ¡Jamás!, ¡jamás! —murmuró Catalina, dejando que un velo de inquietud cubriera su frente, como sucedía cada vez que se planteaba semejante cuestión.

—A fe mía —continuó Enrique—, que mi hermano de Alençon no vale mucho más ni os tiene más cariño.

—En fin, ¿qué os ha dicho Lasco?

—Él mismo ha vacilado cuando le insté a que solicitara audiencia. ¡Oh! ¡Si pudiera escribir a Polonia y anular esa elección!


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