La Reina Margot

La Reina Margot

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—Sería una locura, hijo, una locura… Lo que el Congreso resuelve es sagrado.

—¿No se podría hacer que los polacos aceptaran a mi hermano en mi lugar?

—Es difícil, casi imposible —respondió Catalina.

—¡No importa! Intentadlo, hablad al rey, madre mía; achacadlo todo a mi amor por la señora de Condé; decidle que estoy loco por ella, que me tiene sorbido el seso. Precisamente me ha visto salir del palacio del príncipe con Guisa, que se porta conmigo como un buen amigo.

—Sí, para formar la Liga. Eso no lo veis vos, pero yo sí.

—Ya lo sé, señora, pero mientras tanto le utilizo. ¿No nos consideramos dichosos cuando un hombre nos sirve por su propia conveniencia?

—¿Y qué dijo el rey cuando os encontró?

—Pareció creer lo que le dije, esto es, que sólo el amor me había traído a París.

—¿Y no os pidió cuenta del resto de la noche?

—Sí, madre, pero estuve cenando en casa de Nantouillet, donde armé un escándalo terrible para que el rey, al enterarse, se convenza de que estuve allí.

—Entonces, ¿ignora vuestra visita a Lasco?

—Absolutamente.


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