La Reina Margot
La Reina Margot —Tanto mejor. Trataré de interceder por vos, hijo mÃo. Pero ya sabéis que nadie puede influir sobre su carácter.
—¡Oh, madre mÃa! ¡Qué feliz serÃa si me quedase aquÃ! Os querrÃa mucho más de lo que os quiero, si esto fuera posible.
—Si permanecéis aquà os enviarán a la guerra.
—¡Oh! Poco me importa eso con tal de no salir de Francia.
—Os matarán.
—Madre, no se muere de las heridas…, se muere de dolor, de fastidio. Pero Carlos no permitirá que me quede; me detesta.
—Tiene celos de vos. ¿Porque sois valiente y dichoso? ¿Porque a los veinte años apenas cumplidos habéis ganado batallas como Alejandro y como César? No sé, pero, entre tanto, no confiéis vuestro pensamiento a nadie, fingid resignación, haced la corte al rey. Hoy mismo nos reuniremos en Consejo privado para leer y discutir los discursos que se pronunciarán en la ceremonia; haced el papel de rey de Polonia, lo demás corre de mi cuenta. A propósito, ¿y vuestra expedición de anoche?
—Fracasó, madre; el galán estaba prevenido y escapó volando por la ventana.
—En fin —dijo Catalina—, algún dÃa sabré quién es el genio maléfico que asà contrarÃa todos mis planes… Entre tanto lo sospecho y… ¡Ay de él!