La Reina Margot

La Reina Margot

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—¡Ah! ¡Pobre hijo mío! —dijo—. ¡Tu hermano quiere matarte! Pues bien: vive tranquilo, tu madre te defenderá. Morirá, no ya esta noche, ni dentro de un momento, sino ahora mismo. ¡Ah! ¡Dadme un arma! ¡Una daga! ¡Un cuchillo!…

Carlos, después de buscar en torno suyo inútilmente lo que pedía, vio el puñalito que su madre llevaba en la cintura, se lanzó sobre él, lo sacó de la vaina de cuero con incrustaciones de plata y, de un salto, estuvo fuera de la habitación, dispuesto a matar a Enrique de Anjou donde le encontrara. Pero, al llegar al vestíbulo, sus fuerzas, sobreexcitadas hasta un límite fuera de toda resistencia humana, le abandonaron de golpe: extendió los brazos, dejó caer el arma puntiaguda, que quedó clavada en el suelo, y, lanzando un grito terrible, se dobló sobre sí mismo y cayó rodando.

Por boca y nariz manaba abundante sangre.

—¡Jesús! —dijo—. ¡Me matan! ¡A mí! ¡A mí!

Catalina, que le había seguido, le vio caer. Le miró por un momento impasible e inmóvil; luego, vuelta en sí y no por amor maternal, sino por lo comprometido de la situación, abrió la puerta y gritó:

—¡El rey se ha puesto malo! ¡Socorro! ¡Socorro!


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