La Reina Margot

La Reina Margot

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—Lo estaréis —dijo Margarita repitiendo después de mil seiscientos años las mismas palabras que pronunciara César en la orilla del Rubicón.

—Sea, señora —respondió Enrique—, no seré yo quien os desmienta.

—Vamos, señor, convertíos en héroe; no es difícil; no tenéis más que seguir vuestro camino y me conquistaréis un hermoso trono —dijo la hija de Enrique II.

Una imperceptible sonrisa se dibujó en los finos labios del bearnés. Besó la mano de Margarita y salió antes que ella de la habitación para explorar el terreno, mientras canturreaba el estribillo de una vieja canción:

Cil qui mieux battit la muraille

n’entra point de dans le chateau[40].

La precaución no estuvo de más; en el momento en que abría la puerta de su alcoba, el duque de Alençon abrió la de la antecámara. Luego de hacer una seña con la mano a su esposa dijo en voz alta:

—¡Ah! ¿Sois vos, hermano mío? Sed bienvenido.

Al ver la indicación de su marido, la reina lo comprendió todo y se precipitó al cuarto de aseo, cuya puerta estaba oculta por un enorme tapiz.

El duque de Alençon entró con paso cauteloso y mirando a su alrededor:


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