La Reina Margot
La Reina Margot —Si le habéis visto, habréis podido leer en su pensamiento. Ahora, haced lo que os parezca.
Por muy dueño que fuera de sà mismo, Enrique dejó escapar un gesto de alegrÃa. Por imperceptible que fuese, Francisco lo captó.
—PreferirÃa quedarme —respondió Francisco.
—Quedaos entonces —dijo Enrique.
—¿Y vos?
—¡Diablo! —respondió Enrique—. Si vos os quedáis, yo no tengo ningún motivo para irme. No lo hacÃa más que por seguiros, por devoción hacia vos, para no separarme de mi hermano a quien tanto quiero.
—¿De modo —dijo Alençon— que se han deshecho todos nuestros planes y vos los abandonáis asÃ, sin lucha, al primer contratiempo?
—Yo —respondió Enrique— no considero un contratiempo el hecho de tener que quedarme aquÃ. Gracias a mi carácter despreocupado me hallo bien en todas partes.
—Sea —dijo Alençon—, no hablemos más de esto. Pero si acaso decidÃs otra cosa, hacédmelo saber.
—Perded cuidado, por Dios —replicó Enrique—. ¿No hemos convenido que no habrÃa secretos entre nosotros?
Alençon no insistió más y se retiró un tanto pensativo, ya que en algún momento creyó ver que se movÃa el tapiz que cubrÃa la puerta del cuarto de aseo.