📕 La Reina Margot (Dumas, p. 842) - PlanetaLibro.net

La Reina Margot

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Capítulo XVIII

HABÍAN transcurrido treinta y seis horas desde que sucedieran los acontecimientos que acabamos de relatar. Comenzaba a amanecer y ya todo el mundo se hallaba despierto en el Louvre, como ocurría generalmente cuando había cacería. Cumpliendo la promesa que diera a su madre, el duque de Alençon se dirigió al aposento de Catalina.

La reina madre no estaba en su alcoba, pero había dejado dicho que, si venía su hijo, la esperara.

Al cabo de unos instantes salió de un gabinete secreto en el que sólo ella podía entrar y al que se retiraba para realizar sus secretos experimentos de química.

Ya sea por el hueco de la puerta entreabierta o porque estuviera adherido a su ropaje, el caso es que, al entrar la reina madre, trascendió un penetrante y acre perfume y el duque de Alençon pudo ver por la rendija un vapor espeso como el que produce cualquier hierba aromática al arder que, semejante a una nube blanquecina, flotaba en el laboratorio que su madre acababa de dejar.

El duque no pudo reprimir una mirada de curiosidad.

—Sí —dijo Catalina de Médicis—, he quemado algunos pergaminos viejos y despedían al arder un olor tan desagradable que he echado un poco de enebro en el brasero. A eso se debe este aroma.


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