La Reina Margot
La Reina Margot —¡Ah! ¿Sois vos, Alençon? —dijo Carlos—; sed bienvenido y acercaos a ver el mejor libro de cetrerÃa que haya salido jamás de la pluma de un hombre.
El primer impulso del duque fue arrancar el libro de las manos de su hermano, pero una idea infernal le clavó en su sitio; una terrible sonrisa se dibujó en sus labios amoratados, y se pasó la mano por los ojos como si se sintiera alucinado.
Luego, recobrando un poco el dominio sobre sÃ, pero sin atreverse a dar un paso hacia atrás ni hacia delante:
—Señor —preguntó—, ¿cómo ha llegado ese libro hasta Vuestra Majestad?
—Nada tan sencillo. Esta mañana subà al cuarto de Enriquito para ver si estaba preparado, pero no le encontré; sin duda se hallaba recorriendo las perreras y las caballerizas. En cambio hallé este tesoro, que me traje aquà para leerlo con más comodidad.
Dicho esto, el rey se llevó de nuevo el dedo a los labios para pasar la hoja rebelde.
—Señor —balbució Alençon con los cabellos erizados y preso de terrible angustia—, venÃa a deciros…
—Dejadme concluir este capÃtulo, Francisco —dijo Carlos—, y en seguida me diréis todo lo que os plazca. Ya he leÃdo, mejor dicho, he devorado cincuenta páginas.